SILENCIOSO RUÍDO

Hace un tiempo, le pedí a mi amigo Juan Torralbo que escribiera un post para publicarlo en emocionesenlaweb.  Al igual que a mi, le gustan los quiebros de la mente y escribir acerca de ello. Él aceptó y un tiempo después publico su relato: Silencioso Ruido.

Para presentar a Juan debo decir de él que es una persona sensible y emprendedora que tiene muchas ideas y que le gusta el arte de la escritura y expresarse a través de la misma.  Es el autor del blog Juantorralbo.com. 

Además de escribir muy bien y regalarnos bonitos relatos,  Juan disfruta y trabaja haciendo embudos de márketing para las empresas o negocios que quieren generar un número importante de personas interesadas en dichos negocios.

Pero en éste blog, Juan nos narra una historia que ilustra de una forma muy bella lo que  ocurre en la cabeza de muchas personas en determinados momentos de la vida.

Me refiero al ruido interior, a la rumiación mental que nos deja agotados y que lleva a que nuestros pensamientos entren en un círculo vicioso que nos produce ansiedad y malestar.

Sobre este estado psicológico trata el siguiente texto, expresado de una forma metafórica, enriquecedora y que dará a los lectores una visión muy clara de este estado psicológico de ruido interior que experimentamos a veces y del que no sabemos salir.

Gracias Juan por este regalo.

 

 

SILENCIOSO RUÍDO

No sé muy bien cuando vino, ni siquiera recuerdo por qué motivo. Quizá fue cuando rompí con aquella primera novia, o puede que cuando sin motivo aparente dejé de ver a aquel amigo, o aquella vez que… Lo que sí sé es que me lleva acompañando una buena parte de mi vida, una gran parte diría yo.

Al principio recuerdo que era solo un rumor casi inapreciable, una especie de zumbido que sonaba dentro de mí y me recordaba algo que me preocupaba o de lo que no estaba muy orgulloso. Pero tan rápido como venía, se iba, y desaparecía días o semanas; puede que meses.

Poco a poco sus visitas fueron más asiduas y notorias, y como un buen ocupa, sin que me diera cuenta, se apropió de una parte de mi cabeza y se quedó a vivir en ella sin importarle cómo ni cuánto me molestaba. Y ahí lo tengo, no hay ley ni juez que lo eche.

No fue fácil la convivencia, sobre todo en los primeros años. ¿Sabes cuando te toca un vecino molesto y no puedes hacer nada más que sufrirlo? Pero había venido para quedarse y yo poco podía hacer, salvo aprender a convivir con él, aunque eso me costó averiguarlo más de lo que me hubiera gustado.

Ruido mentiroso 
Ruido entrometido
Ruido escandaloso
Silencioso ruido

           (De la canción Ruido, de Joaquín Sabina)

Con el tiempo se hizo fuerte, muy fuerte; nada delicado, arrogante en algunos momento, cruel en otros, inoportuno y certero siempre en los momentos más jodidos. Y cuando llegaron los malos tiempos se volvió omnipresente, me manejaba a su antojo como un pelele. Irremediablemente me había convertido en su esclavo.

Eran demasiados momentos desagradables en mi memoria: demasiados lamentos, demasiadas equivocaciones, demasiados arrepentimientos, demasiadas culpas, demasiados ¿y si…? Y el ruido que había empezado siendo solo un rumor, ahora era ensordecedor.

Durante mucho, mucho tiempo, el ruido atronador retumbó en mi cabeza y no me dejó pensar con claridad; bueno, simplemente no me dejó pensar. Nadie más que yo podía escucharlo, pero me tenía atenazado y me convirtió en un muñeco sin capacidad de análisis o iniciativa. Como un líquido corrosivo se extendió por mi mente y la ocupó en su totalidad.

Tampoco sé muy bien cuándo me di cuenta, el caso es que un día, desesperado, tuve una especie de revelación y supe que el responsable del ruido era yo, que el inquilino molesto en mi cabeza era yo. Y claro, yo no podía echarme a mí mismo, pero sí podía aprender a aceptarme. Porque como me dijo una vez un buen amigo, para estar bien con los demás primero tenía que estar bien conmigo.

Y así fue como el ruido se apaciguó, y dejó de ser insoportable para convertirse en tolerable. Y dejó de ser un vecino molesto para convertirse en un vecino soportable. Porque igual que mi físico había ido sufriendo los desgastes del tiempo, mi mente los había ido sufriendo de mis experiencias. Y eso es inexorable.

Ahora mi ruido y yo nos conocemos bien, nos soportamos y nos aceptamos. No es que seamos colegas, pero algunas veces, incluso, nos tomamos una cerveza. O varias…