EL VINO DE LAS EMOCIONES

Un buen día descubrí que beber un buen vino junto a  mis amigos y amigas, me hacía experimentar una serie de sensaciones extraordinarias en mi interior. Me permitía ser más espontánea, hablar de temas más intensos e íntimos, reír más, escuchar mejor, oler y saborear con más pasión.

Esas emociones se ponen en evidencia al compartir un brindis con alguien. El sonido de la copa al chocar, el olor del vino al moverse, la visión de su extensa gama cromática, desde rojo pasión a blanco pálido, el tacto del abrazo al amigo, que queda lejos del retraimiento porque nos sentimos menos cohibidos y más libres, el calor que provoca su sabor…todo esto es un estallido de impresiones digna de dioses griegos. 

 

Como decía Luis Pasteur: “Hay más filosofía y sabiduría en una botella de vino, que en todos los libros”. 

Aquí también están implicadas las partes de mi cuerpo: 

Mis ojos: Que son capaces de distinguir el aspecto de ese vino, su color, fluidez, efervescencia…además de observar a las personas que me acompañan, de ver sus gestos, su aspecto, el vino me permite mirar con más amor a la persona que tengo frente a mi, que al tomar vino, también está dando lo mejor de ella. 
 
Mi nariz: A través del olfato, distingo el bouquet, el aroma, que en caso de tratarse de un vino blanco, me recuerda a determinadas frutas, flores del campo, y lo relaciono en mis recuerdos, con buenos momentos junto a personas   agradables, unas más dulces y otras más ásperas, como el vino mismo. 
 
Mi boca: Con ella distingo el flavor, el gusto, el tacto y  la sensación térmica que me causa. De la misma forma que los besos cariñosos que doy, en los que siento la suavidad del vino. 
 
 
 
Una cosa muy importante a tener en cuenta al tomar vino, es que dependiendo de la emoción que quiero que intervenga en un determinado momento, es necesario que se tome un vino concreto, de igual forma que regalo unas flores específicas para cada situación.
Así tenemos que, vinos con aroma herbáceo provocan irritación, rabia y enfado, los de frutas cítricas, me provocan viveza y romanticismo. Los vinos amargos me causan insatisfacción y generan crítica; los ácidos desarrollan en mí  un gran ingenio. 

Por ello, tomar un buen vino está muy relacionado con el arte de vivir, y para vivir hay que experimentar todas las emociones de que disponemos: alegría, tristeza, ira, enfado, asco, miedo, vergüenza, todas ellas mezcladas con una copa y buena compañía pueden hacerte tener noches mágicas. 

“El vino alegra el corazón del hombre y la alegría es la madre de todas las virtudes.” Goethe